Daniel Kahneman nunca escribió sobre propaganda política, pero Pensar rápido, pensar despacio ofrece una lente poderosa para entender por qué algunos líderes buscan estar presentes en todas partes: televisiones, redes, anuncios, mítines, hashtags, incluso en la conversación privada.
No es casualidad. Es psicología aplicada.
Kahneman dedica bastante espacio al primado (priming), es un fenómeno psicológico por el cual un estímulo que vemos, oímos o pensamos prepara nuestro cerebro para responder de una cierta manera sin que nos demos cuenta
Poner el rostro del líder:
- prime obediencia, autoridad, vigilancia.
- aumenta la probabilidad de conductas alineadas con el poder.
- reduce la disposición a disentir.
Obediencia automática
La mera exposición repetida al mismo rostro o mensaje prepara nuestro cerebro para aceptar autoridad sin esfuerzo.
Cuando una figura política ocupa el espacio mediático de manera constante, el Sistema 1 (rápido e intuitivo) interpreta que “alguien está al mando”.
La obediencia fluye sin reflexión.
Autoridad por familiaridad
Kahneman lo resume magistralmente:
Lo que es familiar se percibe como verdadero.
Cuanto más vemos a un líder, más legítimo parece, aunque su desempeño no acompañe.
La repetición genera sensación de inevitabilidad: empieza a ser difícil imaginar el mundo sin él en el centro de la conversación.
Vigilancia simbólica
Uno de los hallazgos más inquietantes de la psicología es que solo unos ojos dibujados pueden modificar nuestro comportamiento.
Trasladado a la política, un líder omnipresente actúa como recordatorio silencioso del poder:
“Se te observa. Más vale alinearse.”
La consecuencia: menos disenso explícito, más autocensura.
Hoy ya no hace falta empapelar ciudades. La omnipresencia es digital.
Líderes como Donald Trump lo han entendido: estar ausente es dejar de existir, y saturar el espacio emocional (aunque sea a golpe de polémica) estrecha el margen de pensamiento independiente.
El poder ya no solo se ejerce desde instituciones. Se ejerce también desde el espacio mental que un líder logra ocupar.
La presencia constante crea obediencia, autoridad y vigilancia simbólica.
Pero esa influencia solo domina a ciudadanos que renuncian a cuestionar.
El antídoto no es silencio ni censura:
es pensar despacio, en voz alta y sin miedo.

